Crítica “MADRE!” de Darren Aronofsky

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He tenido que digerir muy bien el visionado de la última película de Darren Aronofsky, “MADRE!“, durante bastantes días y otras tantas charlas, para poder enfrentarme a la crítica de una obra de este calibre, independientemente de que guste más o guste menos, ya que no nos encontramos ante un estreno cualquiera. Decir a estas alturas que esta sea, quizás, la apuesta más arriesgada del cineasta norteamericano sea demasiado osado por mi parte, o incluso discutible viendo gran parte de su filmografía, pero para un servidor, y salvando las distancias con “Pi: El Orden del Caos” y “La Fuente de la Vida”, así es. Y por cierto, aviso a navegantes, es muy difícil hablar de un film como éste sin que casi cualquier cosa pueda ser considerada un spoiler (ahí ya depende también de lo fina que sea la piel y la sensibilidad de cada uno) pero, por si acaso, yo aviso de antemano. Así que si en cualquier momento los que no la hayáis visto, creéis conveniente dejar de hacerlo, os invito a retomar la lectura una vez volváis de la sala de cine. Aún así, intentaré contenerme mucho, y espero lograrlo.

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El espectador que tenga el privilegio de conocer el trabajo del cineasta que nos ocupa y, sobretodo, disfrute con éste, quizás ya vaya más cauto y precavido a la proyección de “MADRE!“, puesto que no nos encontramos ante un director sencillo o conformista a la hora de plasmar su idea cinematográfica, más bien todo lo contrario. Y no nos encontramos ante una excepción precisamente. Más que por el contenido o el desarrollo de la cinta, bastante formal y dentro de unos códigos más o menos neutros para cualquier tipo de espectador, a pesar del desconcierto obvio e intencionado que vive su protagonista y por extensión, nosotros, es en el último acto donde probablemente se rompa esa estructura más o menos lineal y la película enloquezca hasta un límite muy extremista. Quizás demasiado para el espectador medio (y que nadie se me enfade por este termino) que suele acudir a su cine más habitual seducido por los nuevos estrenos, o el trabajo de cierto director/a o actor/actriz. No os voy a negar que es en este punto donde el cineasta nos (prácticamente) exige un esfuerzo para entrar en su propuesta, dejarnos llevar por ella, y disfrutarla. O no, eso ya depende más del gusto y el momento de cada uno. En ese sentido podríamos comparar la sensación, hasta cierto punto, con la también controvertida “High Rise” de Bean Wheatley.

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Quizás muchos se dejen llevar por un trailer que, como suele ser desgraciadamente habitual, hace presagiar algo distinto a lo que muchas veces nos vamos a encontrar una vez acomodados en nuestras butacas. Algunos podrán esperar una cinta de terror, otros un drama, y lo cierto es que ambas posturas estarían en lo correcto. Ya que como ocurre en otras propuestas como pueden ser “Melancolía” de Lars Von Trier o “Mulholland Drive” de David Lynch, que por cierto, en muchos momentos me despiertan unos sentimientos y sensaciones similares a los de la protagonista de esta crítica aunque poco (o nada) tengan que ver con ella, se mueve entre tantos géneros, tanta fusión, y posee tanta personalidad, que es imposible encasillarla de forma fácil y efectiva. Indudablemente, la mayor parte de su discurso se vive en clave de terror, suspense y, sobretodo, de un desconcierto enfermizo que se contagia desde prácticamente el primer minuto. Una tensión que nos acompaña en cada fotograma, creando un clima de crispación y nerviosismo que a más de uno les puede sacar de sus casillas e, incluso, de la película. En ese sentido, digamos que los dos primeros actos están muy cerca de la ambientación con la que Roman Polanski inyectaba a su “La Semilla del Diablo”, pero eso es solo el principio. Una especie de Home Invasion casi consentido, al menos por una de los dos partes protagonistas, antes de introducirse en algo mucho más filosófico, metafórico y místico, sin llegar a lo tan explícito visualmente como en la anteriormente citada “La Fuente de la Vida”. Una pareja que proyecta el Rise and Fall, y viceversa, llevada al culto más extremo e histérico.Pero no os dejéis engañar, aquí todo tiene un por que, especialmente digno de análisis en un nuevo acercamiento a la película. Si es que aún os quedan fuerzas, o ganas.

Dirección o guión al margen, otro de los puntos realmente fuertes de la película residen en las interpretaciones de la misma. Reconozco que no soy precisamente un fiel defensor del trabajo de Jennifer Lawrence, pero en esta ocasión, he de admitir que tanto su personaje como su interpretación son magníficos. Gran parte del mérito habría que otorgárselo al propio Aronofsky, cuya cámara se empeña en seguir constantemente al personaje, creando una inmersión total en la atmósfera que se respira, siendo su mirada, su oído y su corazón. Un personaje aparentemente frágil que, a pesar de no estar exenta de ella, es mucho más fuerte de lo que en un momento uno puede creer, y se agiganta, a la vez que se achica, en cada plano, cada secuencia y cada momento. Una compañera de este viaje extraño hacia lo desconocido de la que nos hacemos irremediablemente cómplices. Lo cierto es que no debería sorprendernos, ya que hizo lo mismo con el soberbio Jared Leto de “Réquiem por un Sueño”, el renacido Mickey Rourke de “El Luchador” o la espectacular Natalie Portman de “Cisne Negro”. No es casualidad. Como tampoco lo es el trabajo de Javier Bardem como pareja de Lawrence. Un frustrado escritor que ha perdido la inspiración tras vivir una trágica experiencia en sus carnes. Esa voz tan grave, imponente, acompañadas de esa tensa sonrisa y mirada, aportan un mayor nudo en la garganta del que ya de por si reside en casi toda el aura de la obra. Aunque no sería justo olvidarnos de un tan extraño como entrañable Ed Harris, ni de una inquietantemente maravillosa Michelle Pfeiffer que merecíamos rescatar de un pasado que siempre fue mucho mejor que su presente. Los auténticos culpables del detonante de la función.

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A nivel técnico poco puedo aportar que no haya hecho ya, especialmente a nivel de dirección. Unos planos secuencia absolutamente magistrales (sí vale, y trampeados) que poco o nada tienen que envidiar al mejor Alfonso Cuarón de sus “Hijos de los Hombres” o  “Gravity”. Para la fotografía Darren vuelve a contar con el bueno de Matthew Libatique, escudero fiel a lo largo de su trayectoria, y que no hace más que acentuar todo lo que hemos dicho hasta ahora. La casa, la gama de colores, las luces y las sombras, el entorno al fin y al cabo, se convierte en un personaje más que se convierte en absolutamente imprescindible para que el resultado sea el obtenido. Y si importante es la fotografía y su tratamiento, no lo es menos la faceta musical. La partitura del islandés Jóhann Jóhannsson acentúa y pone sonido a cada uno de los efectos que nos produce el film. Desde la ternura o el amor que se proclaman los protagonistas, hasta la tensión y el miedo que se apodera del personaje de Lawrence, tomando especial protagonismo en ese último acto en el que su música, al igual que el resto de elementos, también enloquecen y nos llevan al borde el abismo. No en vano pone su firma a títulos de otro de los grandes cineastas contemporáneos como es Denis Villeneuve, en títulos tan importantes de su filmografía como lo son “Prisioneros”, “Sicario”, “La Llegada” o la inminente “Blade Runner 2049”.

Tras el bache que supuso para la carrera de Darren Aronofsky “Noé”, queda claro que el director no ha tirado por el camino fácil y ha apostado muy fuerte por una compleja propuesta como es “Madre!“, que estoy convencido que tendrá un mayor éxito comercial que su predecesora (por lo menos eso merecería) y pondrá su nombre nuevamente como un referente en lo que a cine se refiere. Tengo exactamente el mismo convencimiento de que la película dividirá totalmente a crítica y público, siendo capaz de levantar reacciones de tan diferentes índoles entre sus espectadores que le llevarán del abucheo o el abandono de la sala, al aplauso más efervescente. Nadie ha dicho que hacer cine sea fácil, y ser capaz de despertar cualquier tipo de emoción a los que nos situamos delante de la pantalla, llevándonos la película pegada a nuestro consciente o inconsciente más profundo ya es digno de admiración para el aquí firmante. Vuelvo a repetir que no es una película para todos los públicos, y puedo llegar a entender tanto la postura del amor como la del odio, pero por suerte, o desgracia, quien sabe, yo me encuentro en el primer grupo y estoy encantado de que algo dentro de mi haya despertado con este film. No nos olvidemos que Darren suele ser recurrente a la hora de explorar temas como el amor y el odio, el éxito y el fracaso, la vida y la muerte, la creación y la destrucción, la fe y la religión. Y, ¿Acaso existe algo más humano que los sentimientos? ¿Y menos humano que el propio humano?

Nota: 9/10

Texto: Lluís “DiMu” García

Distribuidora: Paramount Pictures

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